Imaginemos que tenemos dos perros dentro de una caja especial donde el piso
suelta descargas eléctricas cuando nosotros deseemos. Sin embargo, mientras un perro se puede mover libremente, el otro se encuentra sujeto al suelo, por más que lo intente no puede escapar al
dolor. Posteriormente, a los perros se les trata de enseñar cómo y en qué
momento saltar como forma para evadir el dolor. Aquél que estuvo libre, logra
aprender en menos de diez intentos. El otro perro, ya ni siquiera se esfuerza
por evitar el dolor, se arrincona y soporta pasivamente el dolor.
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| Próximamente en mi clínica psicológica para perder peso. |
Estas situaciones fueron llevadas a cabo como experimentos
por Overmier y Seligman, y nos enseñan una cosa —además de lo sádicos que pueden ser los psicólogos—, cuando
alguien percibe que, sin importar lo que haga el resultado será el mismo, dejará de
intentar cambiar su situación. A esto se le llama desesperanza o indefensión
aprendida.
Esta
indefensión aprendida, no sólo es una afectación de escasez motivacional (apatía, flojera, falta de ganas, hueva) para
quien la presenta, también tiene consecuencias cognitivas: quien se encuentra
en este estado, también suele presentar mayores dificultades para aprender tareas nuevas y suele cometer más errores. Lo que puede sostener un círculo
vicioso de fracasos-indefensión.
Ahora, usted
mexicano o mexicana, seguramente alguna vez ha platicado con alguien sobre
política y ha escuchado un “¿Para qué? Los políticos siempre hacen lo que quieren”, un “todos son lo mismo” o el más trágico, resignado y pasivo "Mejor pónganse a trabajar". Pues bien, llevo tiempo sospechando que nos
encontramos en una especie de indefensión aprendida social.
Y no es que la gente no esté yendo a votar (suponiendo que un 60% de participación es un número decente), pero no pasa de ahí, no se piden cuentas, no hay más que votaciones cada tantos años. En el peor de los casos, cuando alguien trata de hacer algo, y lo logra desconfía "de seguro algo dio", y cuando no se consigue el objetivo simplemente se dice un "ya sabía que no lo iba a lograr".
Me pongo a pensar en cuántos escándalos de corrupción han ocurrido en México, que de suceder en otros países habrían provocado turbas enardecidas para pedir la renuncia de los involucrados. Y, sin embargo, aquí parece que no pasa nada.
Y no es que la gente no esté yendo a votar (suponiendo que un 60% de participación es un número decente), pero no pasa de ahí, no se piden cuentas, no hay más que votaciones cada tantos años. En el peor de los casos, cuando alguien trata de hacer algo, y lo logra desconfía "de seguro algo dio", y cuando no se consigue el objetivo simplemente se dice un "ya sabía que no lo iba a lograr".
Con la poca salud mental que aun conservo, me resisto a ser ese perro que se va a un rincón a ver como soporta lo que venga. Y para ello, el
primer paso es entender que la indefensión es aprendida y,
por lo tanto, se puede desaprender: no es eterna. La estrategia general para
combatirla, suele trabajar en la percepción de la absoluta falta de control, a
la posibilidad de intervenir en cierta medida en los resultados; esto se
acompaña de pequeñas tareas que representen logros fácilmente alcanzables que
le regresen la confianza al perro, digo, a las personas.
Dicho
de otra forma, en vez de querer hacer la Segunda Revolución de forma espontánea,
podemos comenzar por organizar a nuestros vecinos para atender las necesidades
locales, al menos como primer paso.
Yo no
le voy a decir por quién votar, es más, dudo que la solución esté en un partido, un candidato o unas elecciones cada 6 años. Mi apuesta siempre será para los ciudadanos: el chiste de la
democracia es que la mayoría participe, si ellos se organizan y participan constantemente.
Se nos vienen las elecciones y éste es el primer reto a superar.


